Ya no me importa que se den cuenta

Uno de los miedos más grandes de mi vida hasta hace unos años era que los demás “se dieran cuenta”. Vivía con mucho temor en mi trabajo, en la calle, con mis amigos y con mi familia. No podía vivir mi vida tranquilo; no porque tuviera una doble vida necesariamente sino porque el 80% de mi cabeza estaba ocupada con una paranoia muy fuerte de que otros “descubrieran mi secreto”.

Creía que todo el mundo me miraba, que todos hablaban de mi sin que yo lo supiera. Estaba en un centro comercial y me veía a mi mismo viendo un pantalón espectacular pero al mismo tiempo diciéndome: “no te lo puedes comprar. Si te lo compras, se van a dar cuenta”. Estaba en una reunión y veía cómo mi cabeza revisaba mis posiciones corporales, los chistes que hacía, como me reía; necesitaba revisarlo todo para asegurarme de que no se fuera a notar nada “raro”, nada atípico o que pudiera levantar sospecha.

Este era un proceso muy desgastante, porque era como si metafóricamente tuviera dos voces en mi cabeza: una muy tenue que me impulsaba a vivir mi vida sin miedo y otra mucho más poderosa que cuestionaba cada una de mis acciones. Era como si cada minuto se desatara una batalla campal en mi ser. Vivía todo el tiempo vigilándome, asegurándome de no traicionar eso que otros esperaban de mi. Vivía en una carrera a muerte: no podía dejarme coger, no podía dejar que me pillaran. Esa voz me decía que si “me pillaban” toda mi vida se iba a ir a pique y todo estaría muy mal; me convencía de que en ese momento ese miedo primitivo que tenemos todos de ser expulsados y apartados se cumpliría instantáneamente.

Pero el 17 de noviembre del 2015 la vida me confrontó con eso que siempre había temido mirar. Ese día una persona se pasó un semáforo en rojo y me estrelló de lado. Mi vida paró por un instante y pasó rápidamente por mi cabeza todo lo que había hecho en mi existencia. Esa misma cabeza de la que un día fui víctima, se quedó por fin callada, dejó de decir cosas horribles y mis 28 años pasaron fugaces hasta que no supe más, todo estaba en silencio, estuve 14 días en cuidados intensivos, sedado, con mi vida dependiendo de una maquina que hacía por mi lo que yo en mis 28 años no había podido hacer: mantenerme con vida.

Cuando me desperté y me contaron todo lo que había pasado, me di cuenta de lo frágil que es la vida. Había invertido toda mi vida en otros que ni siquiera conocía, y ninguno de ellos estaba a mi lado para mantenerme con vida. Me di cuenta que corrí como fugitivo de mi propia existencia, me fugué de mi mismo y ahí estaba ahora, muy frágil, sin poder escapar de mi, confrontándome con la contradicción que había sostenido mi vida en el último tiempo: ¡había entregado mi vida para no salirme del camino esperado, pero así era como más por fuera quedaba, porque finalmente no podía vivir!

hombre gay besandoseVerme tan frágil y vulnerable me ayudó a darme cuenta de todo lo que estaba perdiendo. Me estaba perdiendo de atardeceres maravillosos con el hombre que amo, me estaba perdiendo de ponerme ropa increíble que siempre me gustó usar, me estaba perdiendo de hablar de mi vida sin importar a quien tuviera enfrente, me estaba perdiendo de ser yo y vivir la vida que siempre quise vivir.

Esta situación me hizo pensar que realmente necesitaba que la gente “se diera cuenta”, que los demás se dieran cuenta que soy un hombre feliz, que soy un verraco (no por superar el accidente, porque lo hice sin mayor voluntad, sino por atreverme a ser diferente en un mundo donde pretendemos ser iguales). Necesitaba que se dieran cuenta que yo era el capitán de mi vida, que era valiente porque me atreví a cuestionar mi propia existencia, que amo a un hombre y que no me avergüenzo de eso porque es el ser más maravilloso que he conocido en mi vida y me siento feliz y honrado de compartir mi vida con él. Pero sobre todo necesitaba yo darme cuenta que no podía seguir viviendo con estándares ajenos.

Muchas veces vivimos con un miedillo (o miedote) de la mirada del otro, esa mirada que reprueba, juzga, castiga, sanciona y finalmente aparta a los que son diferentes. Le entregamos a los otros todo el poder de moldear nuestra vida a su antojo, invertimos nuestro tiempo preguntándonos: “¿será que me miró porque se dio cuenta que soy gay?, ¿será que se dio cuenta y por eso no es tan querida conmigo?”

Yo creo que debemos ser muy selectivos con nuestras inversiones (en tiempo y energía), necesitamos dejar de escondernos, dejar de pensar que otros nos van a abortar. Necesitamos utilizar todo el poder de nuestra mente para imaginar otros mundos posibles, sentirnos orgullosos de quienes somos, dejar de pensar y empezar a vivir… porque la vida es eso que pasa mientras estamos temiendo por ser quienes somos.

Y tú, has tenido miedo a que otros se enteren que tienes una sexualidad diversa?, ¿qué te ha ayudado a superar este miedo?

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